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SIN PALABRAS
Leído 226 veces José Antonio Marchán Rodríguez (16/3/2004)

Me encanta escribir... Lo adoro... De verdad. Aspirar a reflejar en un papel pequeñas historias de cualquier tipo, dejar constancia en algún formato de todas aquellas cosas que me pasan por la cabeza durante el día, constantemente, que me inquietan, que me importan y que me interesan. Me gusta mucho. Lo disfruto en cada ocasión que se me presenta, en la intimidad, en la soledad del autor egoísta, en el autismo inconfeso y controlado del creador. Aunque no haya estudiado ni me haya preparado para tal cosa...

Hay gente que no lo entiende. Lo consideran una pérdida de tiempo, supongo... Puede ser. Yo prefiero verlo como un complemento al resto de opciones que se me presentan. A pesar de no poder hacerlo de forma profesional, en cualquiera de sus vertientes, ocupa bastantes de mis horas muertas, muchos de mis pensamientos. Es algo que me relaja, que me distrae y me aparta, por momentos, del resto del mundo. Ése que a veces, te maltrata y te olvida. Precisamente, por todas estas razones, me gustaría no volver a tener que escribir nunca jamás este texto... Pero sé que no será así. Cada cierto tiempo, tendría que repetirlo, cíclicamente, nunca acabaría de acostumbrarme. Desgraciadamente, la barbarie y el salvajismo son pan nuestro de casi cada día. El ejercicio de odio desplegado el jueves en Madrid es algo difícil de concebir y de olvidar. Un acto deleznable, vil y cobarde. Sus autores no pueden considerarse personas, no pueden aspirar a serlo. La cerrazón mental, la irresponsabilidad, la frialdad, la falta de escrúpulos y de moral necesarias para realizar tal acto son monstruosas e imposibles de llegar siquiera a imaginar. Para mí y mi simple forma de pensar, en blanco y negro, al menos. El castigo que ha recibido el pueblo madrileño, y por extensión la sociedad, es brutal y fuera de mesura. Algo inexplicable a estas alturas del siglo XXI.

Se trató de una matanza, una carnicería indiscriminada, sin paliativos y sin sentido. Una cruenta masacre en la que aún debemos agradecer que no hubiese más fallecidos. No me importa la autoría. No quiero politizar el asunto. No es el momento. El fondo es el mismo. El absurdo de la violencia, la locura del fundamentalismo, la sangrante pesadez de la venganza. Abusivas pataletas en busca de poder de los que no escuchan al prójimo. Gente que sólo desea escuchar su propia voz. Es un maldito bucle infinito, una espiral que se vuelve a dibujar una y otra vez. Ouroboros devorándose a sí misma, planeando sobre nosotros eternamente. Este tipo de gente, cáncer de nuestros días, no comprende que la violencia sólo engendra violencia. La guerra, sólo más guerra. Personalmente, me debato entre la primera reacción de venganza y el frío raciocinio pacificador. Siempre he sido favorable a la eliminación de sujetos de este tipo. Sin miramientos, sin compasión. Ojo por ojo, diente por diente... Todo el que acaba con una vida voluntariamente no me merece ningún respeto...

Pero si examinas la situación calmadamente, si en algún momento es posible, comprendes que perdonar no se trata de olvidar, ni de poner la otra mejilla, sino de un punto de inflexión. Alguien tiene que cerrar el círculo y decir: Basta ya. Hasta aquí hemos llegado. No se puede continuar perpetuando la escalera de dolor. Para eso se ha luchado por una democracia. El pueblo puede y debe mandar. Hay que acatar lo establecido y luchar por no perderlo. No con las armas, sino con balas de papel, como escribió alguien... No queremos más víctimas. Porque víctima es cada uno de los 200 muertos. Víctima es también cada uno de los 1430 heridos, es el padre que pierde a su hijo, el hijo que pierde a su hermano, el hermano que pierde a su primo, el primo que pierde a su amigo... y víctima soy yo, que he perdido... algo, con el lento transcurrir de las horas desde el jueves 11 de marzo hasta el momento de transcribir estas líneas. Algo intangible, desconocido, que, curiosamente, pesa mucho más ahora una vez perdido que cuando disponía de ello.

Creo que esta vez no pondré título a este... esbozo de texto. No quiero destacar una frase por encima de otra, ni una idea... Sólo expresarme. Con libertad. Tengo 28 años, y hoy, voy a ir a mi primera manifestación. Una de verdad, no una de esas a las que te apuntas para no ir a clase... Y no miento, si os digo que esta tarde, preferiría estar en otro lugar. En cualquier bar o cafetería, tomando algo con la gente de Madrid. Con mi gente...

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